Categoría: La palabra en disputa

Columnas de análisis del discurso político, sus argumentos, sus silencios y las relaciones de poder que construye.

  • Venezuela como recurso retórico

    Los terremotos están dejando demasiadas costuras visibles.

    Es posible que los reportajes recientes del New York Times estén diciendo verdades. Es posible que describan con bastante precisión las negociaciones, las subordinaciones, los acuerdos y los nuevos equilibrios de poder alrededor de Venezuela. El problema no es necesariamente lo que revelan. El problema es la facilidad con la que una emergencia humanitaria termina convertida en espectáculo político, crónica de palacio y relato de grandes personalidades.

    Un país se cae a pedazos, esta vez literalmente, y quienes controlan el poder encuentran entre los escombros una nueva oportunidad para hablar bien de sí mismos.

    Venezuela se convirtió en un recurso retórico.

    Hace tiempo dejó de ser solamente un país sobre el cual se discute. Ahora es una superficie sobre la que cada foco de poder proyecta su propia grandeza. Cada declaración sobre Venezuela termina siendo una declaración sobre la inteligencia, la fuerza, la generosidad, la eficacia o la indispensabilidad de quien habla.

    El chavismo ha perfeccionado esa operación durante décadas.

    No se limita a ofrecer una interpretación de los acontecimientos. Intenta controlar las condiciones mismas bajo las cuales esos acontecimientos pueden ser interpretados. Se aprovecha de situaciones que muchas veces él mismo ha provocado, agravado o permitido; construye alrededor de ellas un relato cerrado; define el problema, define sus causas, se define a sí mismo como la única fuerza capaz de enfrentarlo y define al otro como traidor, fascista, mercenario, apátrida o agente extranjero.

    Después elimina cualquier posibilidad de discusión.

    No necesita responder a las acusaciones porque previamente ha declarado ilegítimo a quien acusa. No necesita explicar sus contradicciones porque toda contradicción puede atribuirse a los medios, a los enemigos, a las sanciones, a la oposición o a alguna conspiración convenientemente ubicada fuera del campo de responsabilidad del gobierno.

    El chavismo no sólo ha pretendido gobernar el territorio, las instituciones y los recursos. También ha pretendido gobernar los significados.

    Ha decidido durante años qué es Venezuela, quién puede hablar en su nombre, quién pertenece verdaderamente al pueblo y qué experiencias deben quedar fuera del relato nacional. La realidad aceptable es la que confirma su virtud. Todo lo demás es manipulación.

    Pero esa pretendida soberanía discursiva ha tenido que doblegarse ante el poder material de Estados Unidos.

    La cúpula chavista, ahora administrada públicamente por Delcy Rodríguez y los mismos rostros que han acompañado la destrucción del país, está aprendiendo a manejar esa subordinación como una nueva coyuntura favorable. Colabora, negocia, cede, obedece y luego transforma cada concesión en una demostración de madurez política, estabilidad o capacidad de conducción.

    La maquinaria que durante años convirtió a Estados Unidos en enemigo absoluto aprende ahora a trabajar con él sin renunciar al lenguaje de la soberanía.

    No hay allí una contradicción que los incomode demasiado. La contradicción también puede administrarse. Basta con redefinirla.

    Del otro lado, Donald Trump habla de Venezuela como si el país se hubiera convertido en una prolongación de su biografía. Asegura que los venezolanos viven momentos extraordinarios, que hay prosperidad, que la gente celebra, que el país ha sido salvado o encauzado gracias a su liderazgo.

    Esa Venezuela jubilosa no es una descripción. Es un autoelogio.

    Trump no habla del país que existe, sino del país que necesita imaginar para confirmar su propia grandeza. Los venezolanos aparecen como una multitud agradecida cuya función es demostrar que él tenía razón. Bailan, prosperan y celebran porque el relato exige que lo hagan.

    No me resulta difícil creer que la propia cúpula venezolana contribuya a alimentar esa ficción. Alguien proporciona informes, cifras, imágenes y escenas capaces de sostener el supuesto mejor momento de la historia. La dirigencia chavista necesita demostrar que continúa siendo indispensable; Trump necesita demostrar que ha conseguido dominar, rescatar o reorganizar Venezuela.

    No comparten necesariamente una ideología. Comparten algo más útil: una práctica de poder.

    Ambos convierten al país en prueba de su propia eficacia.

    Uno proclama que ha salvado a Venezuela. El otro asegura que ha sabido conducirla en circunstancias excepcionales. Uno celebra su capacidad de imponer condiciones. El otro celebra su capacidad de sobrevivir a ellas. Cada uno obtiene un beneficio distinto de una misma ficción.

    Por eso no conviene reducir el conflicto a una oposición simple entre revolución y libertad, dictadura y democracia, soberanía e intervención. Esas dicotomías también forman parte del espectáculo. Permiten repartir papeles claros: héroes y villanos, libertadores y tiranos, patriotas y traidores, buenos y malos.

    La realidad venezolana es bastante más incómoda.

    Hay intereses económicos, supervivencia política, control territorial, recursos naturales, acuerdos internacionales, rivalidades internas, cálculos electorales y proyectos personales de poder. Hay una cúpula responsable de décadas de deterioro institucional y material. Hay un gobierno estadounidense que administra a Venezuela como una oportunidad política. Hay intermediarios, aliados, adversarios circunstanciales y beneficiarios de una tragedia que no padecen.

    Y hay terremotos. Pero incluso esa realidad termina incorporada al espectáculo.

    La emergencia se convierte en prueba de liderazgo. El funcionario visita la zona afectada. La autoridad extranjera anuncia su intervención. Los gobiernos hablan de cooperación. Los dirigentes denuncian. Las cifras se organizan para demostrar eficiencia. Las víctimas aparecen durante unos segundos para proporcionar gravedad emocional a la escena.

    Cada actor encuentra entre los escombros una oportunidad para producir una versión más admirable de sí mismo.

    Mientras ellos administran la coyuntura, nosotros tratamos de entender.

    Tragamos polvo y seguimos. Nos secamos las lágrimas. Recogemos los escombros. Buscamos familiares, agua, medicinas, alimentos y algún lugar donde pasar la noche. Organizamos jornadas de voluntarios, de donaciones, centros de acopio en todo el mundo. Intentamos continuar con un país cuya tragedia otros convierten en negociación, discurso y entretenimiento político.

    Y quedamos fuera de todas las discusiones.

    Nos postergan las elecciones. Nos reprograman los planes de transición. Deciden cuándo estaremos preparados para elegir. Nos dicen quiénes están mal, a quién debemos apoyar y cuáles son los lados correctos de una disputa cuyas consecuencias recaen sobre nosotros.

    Nos explican nuestra propia realidad desde oficinas lejanas, con la ropa limpia y la cara lavada.

    Después intentan convencernos de que lo que vivimos no existe, que la pobreza es propaganda, que el abandono es una invención de los medios, que la indignación proviene de los enemigos, que las ruinas son una manipulación. Quien contradice el relato debe estar confundido, comprado o alineado con el lado equivocado.

    Pero el polvo sí existe, los muertos sí existen, los presos políticos sí existen, los desaparecidos políticos sí existen, el miedo sí existe, el hambre sí existe. El agotamiento, la precariedad y el desamparo sí existen.

    Lo que no existe es ese país próspero, estable, festivo y agradecido que los distintos centros de poder fabrican para felicitarse mutuamente y, sobre todo, para felicitarse a sí mismos.

    Daniel Avilán

    contacto@danielavilan.blog