Autor: Daniel Avilán

  • ¿Está hecha de lenguaje la realidad?

    La intromisión de un lingüista en la física cuántica

    Hace poco me encontré con una afirmación difícil de ignorar: la física cuántica habría demostrado que la conciencia crea la realidad. En algunas versiones, la idea va todavía más lejos: si la conciencia interviene en aquello que existe, y si pensamos mediante palabras, entonces el lenguaje mismo tendría algún poder sobre la materia. Las palabras no se limitarían a describir el mundo; participarían de alguna manera en su aparición. La afirmación resulta seductora porque reúne en una sola frase el misterio de la física, el poder del pensamiento y una intuición humana muy antigua: que nombrar algo es, de alguna manera, traerlo al mundo.

    Pero esa afirmación contiene varios desplazamientos que conviene mirar con cuidado. “Observador”, “conciencia”, “información”, “lenguaje” y “realidad” aparecen como términos intercambiables, aunque pertenecen a problemas científicos y filosóficos muy distintos. Tal vez el asunto no consista simplemente en decidir si el lenguaje crea la realidad; antes debemos preguntarnos de qué realidad hablamos, qué significa crearla y qué clase de poder poseen realmente las palabras. El problema se vuelve todavía más interesante cuando uno descubre que algunas de esas palabras cambian de significado al pasar de la física a una conversación común.

    Desde muy joven me acompaña una idea que nunca he conseguido abandonar. No afirmo que sea cierta, y tampoco estoy seguro de que pueda demostrarse o refutarse; simplemente ha dado forma a mi manera de pensar. Para mí, todo lo que existe sólo existe desde mi nacimiento. Por supuesto, no quiero decir que el mundo haya comenzado conmigo ni que el universo haya tenido que esperar mi llegada para ponerse en funcionamiento.

    No tengo razones para dudar de que el universo estuviera ya aquí, ocupado en sus asuntos, formando estrellas, levantando montañas, extinguiendo especies y preparando, con una paciencia desproporcionada, las circunstancias que terminarían haciendo posible que yo escribiera estas líneas. Sé que muchas personas existieron antes que yo; algunas dejaron documentos, fotografías, objetos, descendientes o deudas, mientras que otras apenas dejaron un nombre. Sé que hubo guerras, migraciones, catástrofes y amores que comenzaron y terminaron antes de que yo pudiera conocerlos. Sin embargo, todo eso existe para mí de una manera distinta.

    El mundo anterior a mi nacimiento nunca se me ha presentado directamente. No puedo recordarlo ni puedo señalar un acontecimiento ocurrido entonces y decir que estuve allí; todo cuanto sé de ese mundo me ha llegado mediante alguna forma de representación. Puede ser un relato, una fotografía, una ruina, un fósil, un documento, una grabación, una fórmula matemática o la memoria de otra persona. Incluso aquello que consideramos evidencia material necesita convertirse en signo para poder decirnos algo.

    Una piedra puede ser simplemente una piedra hasta que alguien descubre en ella una herramienta, una inscripción o la huella de un organismo desaparecido. Un hueso puede permanecer enterrado durante miles de años; sólo entra en nuestra historia cuando alguien lo encuentra, lo clasifica y lo relaciona con otros restos. No es que el lenguaje cree la piedra o el hueso, pero parece intervenir en el momento en que ambos comienzan a formar parte de nuestro mundo. Esto me hace pensar que quizá haya una diferencia entre existir y existir para alguien; también entre que algo ocurra y que ese acontecimiento llegue a formar parte de una realidad que pueda ser conocida, recordada o compartida.

    Lo que viví ayer existe para mí como memoria, aunque seguramente mi recuerdo ya no sea idéntico a lo sucedido. Lo que vivió otra persona existe para mí como relato, siempre que llegue a contármelo; lo que ocurrió hace cinco mil años existe como una reconstrucción hecha con restos, mediciones e interpretaciones. Incluso el universo más remoto llega hasta nosotros convertido en luz, números, imágenes procesadas y explicaciones. Tal vez nunca conocemos el mundo desnudo; tal vez siempre lo conocemos vestido de alguna forma de representación.

    Mucho antes de comprender realmente la filosofía de Arthur Schopenhauer, el título de uno de sus libros ya me había dejado pensando: El mundo como voluntad y representación. No puedo afirmar que mis reflexiones coincidan con las suyas; probablemente no, y durante años ni siquiera supe con precisión qué quería decir Schopenhauer con aquella voluntad ni con aquella representación. Pero el título permaneció conmigo porque parecía expresar algo que yo ya sospechaba sin saber formularlo. A veces un libro influye sobre nosotros antes de que lo hayamos leído; a veces basta un título para instalar una pregunta que tarda años en mostrar todo lo que contiene.

    Desde entonces he vuelto muchas veces a la misma inquietud. Si todo cuanto forma parte de mi mundo ha tenido que llegar hasta mí como experiencia o como representación, podría preguntarme si hay algo de mi realidad que no haya pasado, de algún modo, por un sistema de signos. Esto no significa necesariamente que el mundo dependa del lenguaje para existir; podría significar únicamente que nosotros dependemos de alguna forma de representación para acceder a él. Pero incluso esa distinción, que parece sencilla, abre un problema considerable.

    Como con la lengua no debe uno dejar de ser curioso, me puse a buscar qué habían dicho realmente algunos físicos sobre la observación y la realidad. Debo reconocer que mis conocimientos de física son muy limitados; puedo seguir algunas explicaciones generales, pero no pretendo comprender plenamente las teorías, los experimentos ni las matemáticas que las sostienen. Sin embargo, no necesitaba convertirme en físico para advertir algo que sí pertenece a mi campo: muchas afirmaciones sorprendentes dependen de palabras cuyo significado cambia al pasar de una disciplina a otra. La primera de esas palabras es “observador”.

    En una conversación común, un observador es alguien que mira. La palabra nos hace imaginar unos ojos, una conciencia y, probablemente, una interpretación; por eso resulta fácil pasar de la idea de que la observación interviene en un fenómeno a la conclusión de que la mente humana crea aquello que observa. Pero, por lo que pude entender, cuando los físicos hablan de observación no siempre hablan de una persona que mira. Hablan también de interacciones, mediciones y cambios que pueden quedar registrados; el instrumento no necesita saber qué está midiendo, pensar sobre ello ni interpretarlo.

    Esto no resolvió mi pregunta, pero sí me hizo desconfiar de la manera en que había sido formulada. Si observar no significa necesariamente mirar, afirmar que “el observador crea la realidad” puede estar uniendo dos sentidos distintos de la misma palabra. Algo parecido sucede con “crear”; decir que algo crea la realidad nos hace pensar que antes no había nada y que luego, debido a la intervención de un sujeto, algo comenzó a existir. Quizá lo que ocurre sea que una interacción permite determinar, medir o registrar algo; pero medir no es necesariamente fabricar, y describir no es necesariamente producir.

    Niels Bohr se preocupó por la necesidad de comunicar los resultados de la física, incluso cuando aquello que se intentaba describir escapaba a nuestras imágenes cotidianas. John Archibald Wheeler llevó muy lejos la relación entre información y realidad; James Hartle examinó las dificultades que surgen cuando utilizamos lenguas desarrolladas para hablar de nuestra vida diaria con el fin de describir el universo. Carlo Rovelli, por su parte, ha propuesto pensar ciertas propiedades físicas no como posesiones absolutas de las cosas, sino como algo que aparece en sus relaciones. No sabría defender rigurosamente sus teorías ni quiero utilizarlas para demostrar una intuición lingüística; me interesa, más modestamente, que todos ellos parecen encontrarse de distintas maneras con el problema de cómo se manifiesta, se observa y se describe la realidad.

    Y allí la lingüística se vuelve un poco entrometida. No porque pueda resolver los problemas de la física, sino porque puede preguntar qué presuponen las palabras antes de que las aceptemos como transparentes. Cuando decimos que una cosa “tiene” una propiedad, la gramática nos invita a imaginar esa propiedad guardada dentro del objeto; cuando decimos que algo “ocurrió”, suponemos un acontecimiento delimitado, situado en un momento y susceptible de ser contado. Cuando decimos que alguien “observó” algo, imaginamos una conciencia situada frente al mundo; quizá la dificultad no esté siempre en la realidad, sino, a veces, en los verbos.

    También está la palabra “información”. En nuestra experiencia cotidiana, la información es algo que alguien sabe, recibe o comunica; en la ciencia, sin embargo, puede referirse sencillamente a una diferencia o a una huella que permite distinguir una posibilidad de otra. Una piedra conserva información sobre los procesos que la formaron, un fósil sobre un organismo desaparecido y la luz de una estrella sobre una región del universo que nunca visitaremos. Pero ninguna de esas cosas nos cuenta espontáneamente su historia; el mundo deja huellas y nosotros hacemos lecturas.

    Tal vez por eso la ciencia necesita que sus observaciones puedan comunicarse. No porque toda la realidad tenga la obligación de hablar, sino porque aquello que no puede formularse, compararse ni someterse al examen de otros no puede convertirse todavía en conocimiento compartido. La realidad no tiene necesariamente que ser comunicable; el conocimiento sí, o al menos aquello que llamamos conocimiento científico debe poder abandonar la experiencia privada de quien lo produjo. Las matemáticas cumplen allí una función extraordinaria, pero tampoco hablan solas; alguien debe saber qué representan sus signos y bajo qué condiciones se aplican.

    Fue entonces cuando comencé a sospechar que el punto de encuentro entre la física y la lingüística no estaba en afirmar que las palabras producen materia. Estaba más bien en reconocer que ninguna disciplina puede prescindir completamente de las formas mediante las cuales representa aquello que estudia. La física necesita medir, las matemáticas necesitan representar relaciones y la ciencia necesita comunicar resultados; todas ellas, en algún momento, necesitan decir qué entienden por palabras como “objeto”, “propiedad”, “acontecimiento”, “observación” o “realidad”. El lenguaje no sustituye al mundo, pero se vuelve inevitable cuando tratamos de convertirlo en conocimiento.

    La lengua cotidiana fue desarrollándose entre cuerpos, árboles, piedras, animales, lluvias, viajes, nacimientos y muertes. Sirve admirablemente para pedir alimento, señalar un peligro, contar una historia o decidir si debemos llevar paraguas; no es extraño que encuentre dificultades cuando intenta hablar de fenómenos alejados de nuestra experiencia habitual. La realidad no tiene por qué acomodarse a nuestra gramática, pero tampoco podemos pensar sobre ella sin recurrir, de una manera u otra, a signos, categorías y relaciones. Incluso para señalar los límites del lenguaje tenemos que hacerlo mediante el lenguaje.

    Esto me devolvió a la afirmación inicial. Probablemente sea excesivo decir que el lenguaje crea la realidad material; podemos llamar liviana a una piedra, pero todavía tendremos que levantarla, y podemos negar la lluvia con una oración perfectamente construida, pero quizá sea prudente llevar el paraguas. Sin embargo, el lenguaje tampoco se limita a copiar un mundo ya completamente ordenado. Cuando nombramos algo, lo distinguimos; cuando lo describimos, seleccionamos unas características y dejamos otras en silencio; cuando contamos un acontecimiento, distribuimos acciones, causas y responsabilidades.

    No es lo mismo decir que un hombre disparó contra otro que decir que se produjo un disparo. El hecho material puede ser el mismo, pero la realidad que llega al lector cambia; en una oración hay un responsable, mientras que en la otra el disparo parece haber ocurrido casi por sí solo. El lenguaje no crea el impacto de la bala, pero puede hacer desaparecer al responsable. La descripción no modifica necesariamente lo sucedido; modifica, sin embargo, la manera en que ese acontecimiento entra en nuestra realidad compartida.

    También existen realidades cuya existencia depende más directamente de las palabras. Una persona puede entrar en una sala siendo considerada inocente y salir de ella declarada culpable; una línea puede convertirse en frontera, una promesa en deuda y una decisión pronunciada por la persona adecuada puede cambiar la libertad o la propiedad de alguien. Las palabras no necesitan alterar directamente la materia para cambiar el mundo; les basta con poner en movimiento cuerpos, instituciones y voluntades. En esos casos, el lenguaje no se limita a describir una transformación; forma parte de ella.

    Eso ocurre también, de otro modo, con cuanto existió antes de mi nacimiento. No lo experimenté, pero algunas de sus huellas llegaron hasta mí y se convirtieron en objetos, documentos, relatos, imágenes, recuerdos o palabras. Algo que ya existía comenzó, mucho después, a formar parte de mi mundo; el pasado no cambia cuando descubro una carta antigua, pero mi realidad sí. Tal vez eso sea lo que he querido decir durante tantos años: no que el universo haya comenzado conmigo, sino que mi universo comenzó cuando aparecí como un punto posible de experiencia, interpretación y relación.

    Antes de mi nacimiento ya había estrellas, pero todavía no eran las estrellas que yo aprendería a reconocer. Había personas que luego se convertirían en mis antepasados, países cuyos nombres aprendería y palabras aguardando en libros que aún no podía leer. Todo estaba allí, pero nada estaba todavía en mi mundo. Esta distinción trae consigo una dificultad: si algo puede existir sin formar parte de nuestra experiencia, debemos preguntarnos qué condiciones debe cumplir para entrar en nuestra realidad.

    Es aquí donde recuerdo aquella vieja pregunta que tantas veces se ha repetido como acertijo, paradoja o simple entretenimiento: si un árbol cae en medio del bosque y nadie puede oírlo, ¿hace ruido? La física puede responder que la caída produce vibraciones en el aire; la fisiología puede explicar que el sonido, como experiencia, requiere un sistema auditivo capaz de recibirlas, y la filosofía puede preguntar si una cualidad percibida existe sin quien la perciba. La lingüística, siempre un poco entrometida, puede detenerse antes y preguntar qué queremos decir exactamente con “ruido”. Pero imaginemos algo más: que nadie oye la caída, ningún animal la percibe, ningún instrumento la registra y nadie encuentra después el tronco en el suelo.

    La caída no modifica ningún cauce, no bloquea ningún camino, no deja una marca que pueda distinguirse y nunca llega a formar parte de un relato. Hay, sin embargo, una pequeña trampa: podemos afirmar que ocurrió porque nosotros mismos la hemos introducido al formular el ejemplo; para negarle todo observador hemos tenido primero que imaginarla, y para decir que nadie la oyó tuvimos que hacerla caer dentro de una oración. El árbol ya ha caído en nuestra lengua; tal vez por eso la pregunta nunca fue realmente sobre el árbol ni tampoco sobre el ruido. Todo cuanto conozco del universo, incluido aquello que ocurrió antes de que yo naciera, ha debido llegar hasta mí mediante una experiencia, una palabra, una imagen, un objeto, una medición, una memoria o una ecuación; si un árbol cae fuera de toda experiencia posible y su caída no puede ser observada, registrada, recordada ni comunicada jamás, ¿en qué sentido dirían ustedes, amigos míos, que esa caída forma parte de la realidad?

    Daniel Avilán

    contacto@danielavilan.blog

  • Venezuela como recurso retórico

    Los terremotos están dejando demasiadas costuras visibles.

    Es posible que los reportajes recientes del New York Times estén diciendo verdades. Es posible que describan con bastante precisión las negociaciones, las subordinaciones, los acuerdos y los nuevos equilibrios de poder alrededor de Venezuela. El problema no es necesariamente lo que revelan. El problema es la facilidad con la que una emergencia humanitaria termina convertida en espectáculo político, crónica de palacio y relato de grandes personalidades.

    Un país se cae a pedazos, esta vez literalmente, y quienes controlan el poder encuentran entre los escombros una nueva oportunidad para hablar bien de sí mismos.

    Venezuela se convirtió en un recurso retórico.

    Hace tiempo dejó de ser solamente un país sobre el cual se discute. Ahora es una superficie sobre la que cada foco de poder proyecta su propia grandeza. Cada declaración sobre Venezuela termina siendo una declaración sobre la inteligencia, la fuerza, la generosidad, la eficacia o la indispensabilidad de quien habla.

    El chavismo ha perfeccionado esa operación durante décadas.

    No se limita a ofrecer una interpretación de los acontecimientos. Intenta controlar las condiciones mismas bajo las cuales esos acontecimientos pueden ser interpretados. Se aprovecha de situaciones que muchas veces él mismo ha provocado, agravado o permitido; construye alrededor de ellas un relato cerrado; define el problema, define sus causas, se define a sí mismo como la única fuerza capaz de enfrentarlo y define al otro como traidor, fascista, mercenario, apátrida o agente extranjero.

    Después elimina cualquier posibilidad de discusión.

    No necesita responder a las acusaciones porque previamente ha declarado ilegítimo a quien acusa. No necesita explicar sus contradicciones porque toda contradicción puede atribuirse a los medios, a los enemigos, a las sanciones, a la oposición o a alguna conspiración convenientemente ubicada fuera del campo de responsabilidad del gobierno.

    El chavismo no sólo ha pretendido gobernar el territorio, las instituciones y los recursos. También ha pretendido gobernar los significados.

    Ha decidido durante años qué es Venezuela, quién puede hablar en su nombre, quién pertenece verdaderamente al pueblo y qué experiencias deben quedar fuera del relato nacional. La realidad aceptable es la que confirma su virtud. Todo lo demás es manipulación.

    Pero esa pretendida soberanía discursiva ha tenido que doblegarse ante el poder material de Estados Unidos.

    La cúpula chavista, ahora administrada públicamente por Delcy Rodríguez y los mismos rostros que han acompañado la destrucción del país, está aprendiendo a manejar esa subordinación como una nueva coyuntura favorable. Colabora, negocia, cede, obedece y luego transforma cada concesión en una demostración de madurez política, estabilidad o capacidad de conducción.

    La maquinaria que durante años convirtió a Estados Unidos en enemigo absoluto aprende ahora a trabajar con él sin renunciar al lenguaje de la soberanía.

    No hay allí una contradicción que los incomode demasiado. La contradicción también puede administrarse. Basta con redefinirla.

    Del otro lado, Donald Trump habla de Venezuela como si el país se hubiera convertido en una prolongación de su biografía. Asegura que los venezolanos viven momentos extraordinarios, que hay prosperidad, que la gente celebra, que el país ha sido salvado o encauzado gracias a su liderazgo.

    Esa Venezuela jubilosa no es una descripción. Es un autoelogio.

    Trump no habla del país que existe, sino del país que necesita imaginar para confirmar su propia grandeza. Los venezolanos aparecen como una multitud agradecida cuya función es demostrar que él tenía razón. Bailan, prosperan y celebran porque el relato exige que lo hagan.

    No me resulta difícil creer que la propia cúpula venezolana contribuya a alimentar esa ficción. Alguien proporciona informes, cifras, imágenes y escenas capaces de sostener el supuesto mejor momento de la historia. La dirigencia chavista necesita demostrar que continúa siendo indispensable; Trump necesita demostrar que ha conseguido dominar, rescatar o reorganizar Venezuela.

    No comparten necesariamente una ideología. Comparten algo más útil: una práctica de poder.

    Ambos convierten al país en prueba de su propia eficacia.

    Uno proclama que ha salvado a Venezuela. El otro asegura que ha sabido conducirla en circunstancias excepcionales. Uno celebra su capacidad de imponer condiciones. El otro celebra su capacidad de sobrevivir a ellas. Cada uno obtiene un beneficio distinto de una misma ficción.

    Por eso no conviene reducir el conflicto a una oposición simple entre revolución y libertad, dictadura y democracia, soberanía e intervención. Esas dicotomías también forman parte del espectáculo. Permiten repartir papeles claros: héroes y villanos, libertadores y tiranos, patriotas y traidores, buenos y malos.

    La realidad venezolana es bastante más incómoda.

    Hay intereses económicos, supervivencia política, control territorial, recursos naturales, acuerdos internacionales, rivalidades internas, cálculos electorales y proyectos personales de poder. Hay una cúpula responsable de décadas de deterioro institucional y material. Hay un gobierno estadounidense que administra a Venezuela como una oportunidad política. Hay intermediarios, aliados, adversarios circunstanciales y beneficiarios de una tragedia que no padecen.

    Y hay terremotos. Pero incluso esa realidad termina incorporada al espectáculo.

    La emergencia se convierte en prueba de liderazgo. El funcionario visita la zona afectada. La autoridad extranjera anuncia su intervención. Los gobiernos hablan de cooperación. Los dirigentes denuncian. Las cifras se organizan para demostrar eficiencia. Las víctimas aparecen durante unos segundos para proporcionar gravedad emocional a la escena.

    Cada actor encuentra entre los escombros una oportunidad para producir una versión más admirable de sí mismo.

    Mientras ellos administran la coyuntura, nosotros tratamos de entender.

    Tragamos polvo y seguimos. Nos secamos las lágrimas. Recogemos los escombros. Buscamos familiares, agua, medicinas, alimentos y algún lugar donde pasar la noche. Organizamos jornadas de voluntarios, de donaciones, centros de acopio en todo el mundo. Intentamos continuar con un país cuya tragedia otros convierten en negociación, discurso y entretenimiento político.

    Y quedamos fuera de todas las discusiones.

    Nos postergan las elecciones. Nos reprograman los planes de transición. Deciden cuándo estaremos preparados para elegir. Nos dicen quiénes están mal, a quién debemos apoyar y cuáles son los lados correctos de una disputa cuyas consecuencias recaen sobre nosotros.

    Nos explican nuestra propia realidad desde oficinas lejanas, con la ropa limpia y la cara lavada.

    Después intentan convencernos de que lo que vivimos no existe, que la pobreza es propaganda, que el abandono es una invención de los medios, que la indignación proviene de los enemigos, que las ruinas son una manipulación. Quien contradice el relato debe estar confundido, comprado o alineado con el lado equivocado.

    Pero el polvo sí existe, los muertos sí existen, los presos políticos sí existen, los desaparecidos políticos sí existen, el miedo sí existe, el hambre sí existe. El agotamiento, la precariedad y el desamparo sí existen.

    Lo que no existe es ese país próspero, estable, festivo y agradecido que los distintos centros de poder fabrican para felicitarse mutuamente y, sobre todo, para felicitarse a sí mismos.

    Daniel Avilán

    contacto@danielavilan.blog